Los polos opuestos
Me ha costado unos 17 años darme cuenta, pero ahora ya sé que soy mentalmente divergente. Divergente de mi marido, ojo. Que yo no tengo nada de especial y lo tengo todo, sobre todo autoestima. 17 años emperrándome en seguir sus ritmos y frustrándome cuando no lo consigo. Pues este verano, mientras recorría yo teatros romanos y ponía el culo en sus piedras calientes, que son lo más para hacerte pensar en tu alineación neuronal y en cómo quieres seguir adelante en esta vida teniendo en cuenta que de aquí unos milenios todo dará absoluta y completamente igual así que ahora casi que mientras menos te agobies mejor, tuve una epifanía. Nada religioso, líbrenme las diosas, aunque la verdad es que tentada estuve de quedarme con las Clarisas de mi pueblo haciendo perrunillas, pero eso es otra historia. En fin, de lo que me di cuenta fue de que mi cerebro y el de Álvaro funcionan COMPLETAMENTE DIFERENTE y de que ha llegado la hora del empoderamiento y de dejar querer adaptarme yo a pensar por esporas y trabajar a salto de mata, a cualquier todas horas y desde dispositivos electrónicos como él. Reivindico mi derecho a trabajar en un horario laboral estable, desde mi viejo ordenador que tiene más años que mi hijo y haciéndome listas de prioridades y esquemas en papel. Mi cerebro babea de gusto cuando llevo una seguidilla y todos los frentes están atendidos porque por fin he logrado organizarme y no tiene que andar apagando fueguitos constantes. Y es que yo soy una persona lineal, listísima y guapísima, pero lineal.
Tengo también un poquito de disonancia cognitiva o lo que viene siendo un doble rasero como una catedral que hace que no me guste nada pensar en la Navidad antes de mi cumple, que es en noviembre, y que, al mismo tiempo, ya esté decidiéndo cómo me organizaré a partir de enero. ¿Agenda o bullet journal? ¿Organización semanal o rollo diario? ¿Anillas o pequeñita de las cosidas? El desencadenante de todas mis dudas y nuevas sinapsis, claro está...