No es serio este cementerio

No es serio este cementerio

Los cementerios son uno de mis lugares favoritos. Me gusta pensar que hay gente bajo tierra a la que ya nada preocupan los problemas cotidianos y que se parten la caja (el doble sentido es sin querer) con nuestras payasadas que ya no son las suyas. Aunque hay vestigios de enterramientos desde época prehistórica, los cementerios tienen su historia particular. Siempre se ha pensado que el mundo de los vivos debe mantenerse alejado del de los muertos. Pueden rozarse, pero no tocarse. Es por eso que en la época clásica, los cementerios se construían fuera de las murallas de la ciudad. No fuera a ser que se abriese sin querer una puerta al inframundo y el trasiego directo entre el Hades y la polis conllevase una gentrificación que alterase la vida cotidiana.

Sin embargo, el culto a los mártires acabó trayendo a los muertos al centro. Las catacumbas se convirtieron en lugares de peregrinación y después del Edicto de Milán en el 313 D.C. dio comienzo lo que hoy conocemos como turismo de cementerios. Para la Edad Media los muertitos ya habían entrado en tromba en las iglesias, ocupando bajos y alrededores. Paradójicamente, el atrio o camposanto era un lugar lleno de vida, donde no era raro ver niños jugando, mayores socializando y militares a lo suyo. De hecho, los cuerpos por aquel tiempo eran sólo eso: carne y hueso. En una sociedad cristiana en lo que realmente importaba era la salvación del alma, ¿quién iba a preocuparse en poner un nombre en una tumba o separar huesos de unos y otros? Esta indiferencia cadavérica se mantuvo hasta el siglo XVIII.

Es verdad que a veces los vivos piensan con la cabeza y hubo muchos cementerios que volvieron a alejarse del núcleo urbano, esta vez no por superstición sino por cuestión de salubridad. Con tantas pestes y epidemias, mejor curarse en salud.

 

Pasear por un cementerio o una catacumba nos ofrece una conexión con la humanidad a un nivel muy profundo (jolín, en serio que las coñas salen solas). Hay algo de tranquilizador en rodearse de muerte, parece que una se quita un poco de peso existencial de encima. A veces olvidamos que las pirámides de Ghiza o el Taj Mahal no son más que tumbas.

Pero además de para respirar hondo, empaparme de esa levedad del ser que tanto me alivia y sentirme un poco más romántica (romántica tipo Bécquer o Mary Shelley, no tipo Bridget Jones), me encanta ir a los cementerios porque me lo paso muy bien. Además de jugar con los millones de gatos que pueblan los camposantos, me encanta encontrar epitafios ingeniosos, entrar en panteones abandonados e imaginarme las vidas y las relaciones entre los muertos conectando fechas, fotos y estilos funerarios.

Te dejo por aquí el top 5 de mis cementerios favoritos:

  1. Nunhead, en Londres. Un cementerio victoriano consagrado en 1840 que es una delicia gótica para disfrutar sin prisas, escabulléndote de las avenidas principales e internándote entre la naturaleza salvaje que enmarca tumbas de piedra semi caídas donde, si aguantas sin que el terror se te apodere, leer un buen libro de miedo.
  2. La Abadía de Westminster, también en Londres. No es un cementerio al uso, pero está lleníiiiiiiita de cadáveres. Alrededor de 3300 incluyendo a Jane Austen, Dickens, la reina Elisabeth I, Darwin… Si en algún momento se produce la resurrección de la carne, ojalá que me pille allí.
  3. El cementerio del Guijo de Ávila, en Salamanca, un pueblecito que tiene más población bajo tierra que habitantes censados. Construido en un cerro, el cementerio se estructura en una cuesta, lo que le da un aire terrorífico y tierno a la vez. No hay nichos, sino que todas las tumbas está sobre el suelo, con lápidas en las que se suceden apellidos entremezclados. Entrar allí es como ir al propio pueblo: una reunión familiar.
  4. Las Catacumbas de París. No sé si son especialmente chulas, pero creo que fue la primera vez que visité unas catacumbas y me impresionaron. El frío, las circunvoluciones de los pasillos, los huesos a la vista (y al tacto). Siempre he pensado que lo mejor de París está por debajo.
  5. El cementerio de Valencia. No sabría por dónde empezar: pirámides; panteones románticos que imitan grutas con un ángel tamaño real flanqueándote el paso, nichos del siglo XVIII, tumbas judías, edificios mortuorios que parecen pisitos de VPO… Y lo mejor, el nicho tras el que descansan Germán y Adelina.

 

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